Libia, agujero negro de la libertad de prensa

21.02.2011 19:22
 

La Plaza Verde de Trípoli, se perfila como el escenario de la más brutal y mayor represión, hasta hoy, de la ola de protestas que se extiende ya de una forma imparable por el mundo árabe. De momento. Porque si finalmente alcanza a Irán, estaríamos hablando de un país no árabe sino de la gran nación persa. Por ello, el levantamiento que prendió en Túnez y ardió con fuerza en Egipto pasará a la historia como la revolución del mundo musulmán que ahora grita “libertad” en Bahréin y en Libia. Y asoma ya en Marruecos, Argelia e Irán.

 

Como en la Plaza de la Liberación de El Cairo o en la Plaza de la Perla de Manama, el pueblo libio pide apertura y el fin de la tiranía. Hasta esta segunda semana de febrero los disturbios en el país cirenaico ya han costado la vida a más de 200 personas, en cifras de A.I. o de H.R.W. No hay forma de comprobarlo porque a la censura informativa usual en Libia se suma ahora el “block out” informativo, el cierre absoluto a la prensa extranjera. Cortado Internet, el país es como un inmenso agujero negro. Las únicas informaciones llegan por algunos móviles o personas que logran salir del país.

 

Lo más grave es que además el régimen acusa a los medios internacionales. “Ellos son los agitadores y responsables de la sedición”. Lo dijo Saif Al Islam, hijo de Gaddafi. Y añadió que “correrían ríos de sangre” si la gente no vuelve a sus casas. No es una amenaza vana. Con ametralladoras y bazokas en la calle en Libia puede darse un genocidio.

 

Desde que hace 42 años, en que el golpe militar del coronel Moammar El Gaddafi derrocó al decadente rey Idriss, Libia ha sido el país árabe más opaco para la prensa extranjera. Al margen de excentricidades como las de pasear sus jaimas y camellas por todo el mundo oriental y occidental y también sus “amazonas” o guardaespaldas, el líder libio ha mantenido a su país en el más estricto de los oscurantismos en cuanto a saber lo que allí ocurría de verdad, como vivía la gente, qué elites -si las había- rodeaban al estrafalario líder libio, si había algún tipo de oposición, si se reprimía mucho o poco, qué papel jugaba realmente el Islam.

 

En 1963, cuatro años después del golpe militar, el coronel Gaddafi se erigió en el “mahdi” o guía de una “Revolución Verde”, que iba a dar el poder al pueblo mediante un sistema híbrido de islamismo, socialismo y democracia de las masas y rebautizó el país cirenaico con el nombre de “Jamahiriya” o República Árabe Socialista Popular. Fracasados sus repetidos intentos de formar una unión panarabista, desde 1970 del brazo del Egipto de Nasser hasta 1989 con La Unión del Mágreb Árabe, el líder libio estuvo apoyando a grupos terroristas diversos lo que le valió el bombardeo anglo-norteamericano sobre Trípoli y Bengasi, en 1986, que causó decenas de civiles muertos, entre ellos una hija suya. Desde entonces el estrafalario mandatario, adoptó un perfil bajo a nivel de política internacional en el exterior que era la única vertiente a la que los periodistas extranjeros tenían acceso. Por ejemplo cuando asistía a las cumbres de Países No Alineados o presidía las reuniones de la Unión Africana.

 

El hoy decano de los autócratas africanos árabes y actual presidente rotatorio de la Liga Árabe, ha consumado, desde 1971, una férrea censura informativa, con la prensa internacional apartada, sin corresponsales ni acreditaciones. A nivel nacional los medios de comunicación están controlados por su hijo Saif Al Islam, promovido como sucesor suyo al frente de la Jamahiriya, apoyado por los notables de la familiar tribu beduina gaddafa, de pastores nómadas del desierto de Sirte. A pesar de dos intentos de golpe de Estado en 1992 y 1993, hasta hoy el líder libio ha conseguido mantenerse en el poder, a veces con medidas represivas, otras, mediante concesiones a sus rivales. Sin embargo, esta vez, Moammar el Gaddafi podría ser la tercera cabeza en caer tras la del presidente tunecino Ben Ali y el “rais” egipcio Mubarak. El “rio de sangre”, anunciado por Al Islam puede convertirse en la sentencia del régimen de su padre.

 

María Dolores Masana

Presidenta de Reporteros sin Fronteras

 

      

  

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