“La palabra ‘cambio’ la tiene en mente toda la sociedad cubana”

19.07.2010 18:14

 

| Entrevista con Ricardo González, corresponsal de RSF en Cuba y trasladado a España tras ser excarcelado |

 

 

Madrid, 16 de julio, 14:00h, cafetería del hotel Welcome donde el gobierno español ha dado alojamiento a los 11 cubanos liberados que llegaron a España el pasado martes 14.

Siete de ellos son periodistas, uno de ellos, Ricardo González Alfonso es el corresponsal de Reporteros Sin Fronteras desde 1998. Fue encarcelado junto a otros 74 disidentes cubanos en la tristemente famosa Primavera Negra, el 18 de marzo del 2003 y condenado a 20 años de cárcel.

La sección española de RSF se movilizó desde su llegada al aeropuerto de Barajas en Madrid y, ante la enorme expectativa internacional, organizó una conferencia de prensa el jueves 17 para darles voz. En exclusiva para www.rsf-es.org, Ricardo cuenta su testimonio, sus primeras impresiones y sus proyectos de futuro.

 

¿Cuáles han sido las primeras emociones que has sentido al salir de la cárcel?

Son varias. La primera es la de sentirse con el cuerpo en Madrid y con la mente todavía en Cuba. A veces, en las conversaciones, sigo diciendo “aquí” y me estoy refiriendo a Cuba. Hay un sentimiento más íntimo y más personal, y es lo que he tenido cuando, por primera vez después de siete años y cuatro meses, me pude despertar al lado de mi esposa. En la prisión, daban visita conyugal primero cada cinco meses, luego cada tres meses, y finalmente cada dos meses: pero era una visita de tres horas. Y uno extrañaba el hecho de poderse despertar al lado de su esposa. Pero también hay un detalle que merece la pena recordar: cuando viajaba en avión hacia España, vi por primera vez después de muchísimo tiempo un cuchillo. Un cuchillo de metal: algo tan sencillo, pero tan prohibido allí dentro, que me sorprendió y casi me asustó. Otro detalle más: la emoción que sientes delante de tu primer plato de comida caliente después de siete años. Es una mezcla de pequeñas cosas, que pero pueden dar la idea de la confusión que uno siente en estos momentos, y de la necesidad de adaptación psicológica a las nuevas circunstancias.

 

¿Cómo has vivido tu liberación, desde el momento en que te has enterado de la noticia, hasta tu salida de Cuba?

Comenzó todo con un rumor, que escuché en el hospital nacional de reclusos, donde me estaban haciendo un tratamiento por una afección en un pie. Un preso serio, de mi confianza, me dijo que había escuchado en la radio (en el edificio del Combinado del Este donde se encontraba él) que iban a liberar a 45 presos. Ésta fue la primera información. Poco después, en el mismo hospital, encuentro otro compañero, Julio César Gálvez (otro periodista, también liberado) que me confirmó que había escuchado algo parecido, y que pero todavía no tenía más detalles. Entonces, cuando vuelvo a mi celda, pido el periódico, el Granma, y allí puedo ver que la noticia está confirmada. Se habla de liberaciones, pero no aparecen los nombres de los presos que han sido elegidos. Posteriormente, sobre las 6 de la tarde del mismo día, el jueves 8, recibo la llamada telefónica del cardenal Jaime Ortega: el arzobispo de La Habana me informa que mi nombre está en la lista de los presos que van a ser excarcelados para viajar a España, si yo estaba de acuerdo con ello.

 

¿Y qué le contestó?

Le expliqué algo que podría resultar interesante. Cuando conocí a mi esposa Alida, ella pensaba emigrar a Estados Unidos. Pero yo no pensaba emigrar. Pues, decidimos que cuando llegara el permiso de salida, que en Cuba otorga la autoridad del Ministerio del Interior, nos separaríamos. Pero pasan los años, la relación se va estrechando, el amor va creciendo, y el permiso de salida para Alida no llega. Cuando yo soy arrestado, pocos días más tarde llega el permiso de salida definitivo de Alida, lógicamente para que mi esposa me abandone. Pero ella se niega a abandonarme, rechaza el permiso y decide seguir conmigo. Está claro que una decisión como esta crea un compromiso muy fuerte entre dos personas, incluso más de lo que nos habíamos comprometido inicialmente. Cuando iniciaron las excarcelaciones, en primer semestre de 2004, hablamos al respecto y yo le dije: si me excarcelan, y se demoran un año en darme el permiso de salida, nos quedamos. Pero, si nos lo dan antes, partimos. En esta misma circunstancia, años después, llega esta excarcelación con permiso de salida inmediatamente. Entonces, fiel a lo que le había prometido a mi esposa, y fiel a su fidelidad, decidimos emigrar. La primera etapa fue muy dura para mi, porque el niño más pequeño no quería dejar a la madre, y la madre no quería emigrar. Pero bueno, hubo un poder persuasivo de unos amigos de ella, y mío también, con relación a la madre de mis hijos de mi primer matrimonio, y tuve la suerte que al final pude emigrar con mis dos hijos del primer matrimonio, con mi esposa por supuesto, y con la madre de mis hijos. Por tanto, puedo decir que soy uno de los pocos cubanos que están con toda la familia reunida.

 

A la hora de comunicarte tu inminente liberación, ¿te dijo el cardenal Ortega que tenías la opción de elegir entre quedarte en Cuba o salir del país?

No fue muy claro. Lo que sí me especificó fue que los que partían conmigo podían regresar sin permiso: cosa excepcional, porque todo cubano que emigre definitivamente, para volver al país tiene que pedir permiso de entrada. Por supuesto esto viola el principio que rige el artículo 3 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, pero es lo que ocurre en nuestro país. El cardenal me explicó también que, por primera vez en 50 años, la propiedad que dejara -la vivienda- no era confiscada. Éstos fueron los detalles que me dio. Pero sí me dijo que tenía que tomar una decisión de inmediato.

 

O sea, ¿tuviste que darle una respuesta en el transcurso de esa misma conversación?

Sí, inmediatamente. El cardenal me explicó que los trámites iban a ser muy rápidos y que no se podía perder ni un minuto más: tenía que contestarle enseguida.

 

¿Cómo han sido tus condiciones de detención a lo largo de estos siete años?

Ha habido varias etapas. El proceso de instrucción, que fueron en total 36 días (antes y después del juicio), transcurrió en Villa Marista, sede de la Seguridad del Estado cubana. La luz estaba encendida todo el día. Me obligaban a dormir frente a la luz, la celda tapiada. El agua para bañarse y para beber racionada. Interrogatorios mañana, tarde y noche, y de madrugada: o sea que había que dormir a ratos. Eso fue hasta el juicio. Luego ya se mantenían las mismas condiciones, pero sólo salíamos por la mañana y por la tarde a conversar, porque ya no había nada que interrogar. Allí estuvimos hasta el 24 de abril de 2003, cuando fuimos enviados a la prisión de mayor seguridad Kilo 8 en Camaguey, en unas condiciones muy severas. En una celda donde, cuando termina la cama, comienza el bañito. Tan estrecha que el depósito de agua tiene que estar dentro de ese pequeño servicio sanitario. No hay ducha, sólo hay un tubo que cae dentro de ese servicio, sanitario entre comillas, que aquí se denomina turco, y allí era el desayuno, la comida, la cena y la atención médica. De lunes a viernes, cuando no había lluvia, salíamos a un soleador, donde yo tendía mis manos y tocaba las paredes: era como una celda, pero en vez de tener techo tiene rejas. Si eran las doce del día, recibía sol. Si no eran las doce del día, recibía un resplandor. Después pasamos en otra situación, donde estuve tres meses sin luz eléctrica. Después estuvimos tres meses con la luz encendida permanentemente.

 

Todo esto, siempre en Camaguey...

Sí, estoy hablando siempre de la prisión Kilo 8 de Camaguey, que está a 533 kilómetros de Ciudad de La Habana, donde vivía mi familia. Bueno, en el último mes pudimos encender y apagar la luz: y ésta ya era una gran ventaja. En estas circunstancias, yo escribí un libro de poesías, “Hombre sin rostro”, en donde reflejaba las atrocidades que iba viviendo en ese lugar. No solamente contra mi persona, por mis ideales, por defender la libertad de expresión, sino también contra otros prisioneros comunes. Como consecuencia de este libro, fui castigado. Me enviaron a una zona especial, donde están los presos de mayor peligrosidad de Cuba, aquellos que no aceptan en ninguna otra prisión, a tal punto que, estando en esa penitenciaría de Camaguey, no había ningún camagueyano: todos eran de otras provincias. Y además, uno de ellos me lo confesó, había tres de ellos que estaban allí para hostigarme: robos, maltrato oral (no físico, pero sí maltrato de palabra, insultos...). Y uno de ellos confesó que estaba enviado por la Seguridad del Estado: que iba a ser gratificado por el papel que estaba desarrollando.

 

¿Fue entonces cuando iniciaste una huelga de hambre?

Me vi obligado, entonces, por terminar con ese castigo, a declararme en huelga de hambre, pidiéndole a las autoridades lo siguiente: yo dejo la huelga si ustedes reconocen que me están castigando por haber escrito un libro, o me dan el mismo tratamiento que al resto de mis compañeros, que habían ido a otra etapa de prisión, que era mala, pero no peor. Estuve después, ya enfermo de la vesícula y del hígado, a otra prisión, la de Aguica, en la provincia de Matanzas, donde estuve todo el tiempo en malas condiciones de salud. Me llevaron en varias ocasiones al hospital nacional de reclusos, donde me operaron tres veces: a partir de ahí ya me quedé en el Combinado del Este, en La Habana, a partir del 7 de diciembre de 2004. Luego me vuelven a ingresar en el hospital, pero nos expulsan sin alta médica porque habíamos hecho una protesta. Ya en la última etapa –los últimos dos o tres años– vivía sólo en una celda, gracias a protestas, amenazas de huelga de hambre, y a la campaña internacional que hizo mi mujer, Alida. Así llegué a tener unas condiciones mejores respecto a otros presos comunes: la posibilidad de tener la puerta de la celda abierta de 6 de la mañana a 6 de la tarde, tener luz que podía encender y apagar. Lo demás era el rigor de la prisión que tiene cualquiera. De todas formas, yo me negaba a ponerme el uniforme de los presos comunes, porque no era un preso común. Vestía de civil. Esto conllevó que hubiera represión hacia mi hermana cuando vino de Nueva York a visitarme. Las autoridades de la policía política cubana la presionaron en el aeropuerto José Martí de La Habana, para que intentara convencerme a vestir el uniforme de preso común. La presión psicológica fue tal que ella, que entonces tenía 71 años, se desmayó.

 

Con respecto a la comida, y a las condiciones higiénicas de las cárceles, ¿qué puedes decir?

Hay etapas y etapas, aquí también. Por ejemplo, cuando estaba en la celda tapiada en Camaguey, castigado por la huelga de hambre, el piso era una alfombra de roedores. Era parte del castigo. A dos pasos de donde yo hacía mis necesidades fisiológicas, estaba mi cama. En los techos –y esto lo vi en todas las prisiones donde he estado, sin ninguna excepción– había siempre una humedad impresionante, tanto que los presos teníamos que hacer unos canales con nylon, para que las filtraciones de las tuberías no cayeran encima de uno mientras estaba durmiendo, o estaba comiendo: son canales que se hacen con nylon amarrado, con la creatividad criolla del preso. En las dos últimas celdas donde estuve, la pared era una humedad permanente, y el agua corría por la pared y por las filtraciones.

 

Y todo esto, ¿cómo ha afectado a tu salud?

Bueno, yo soy alérgico a la humedad. Tenía que tener un tratamiento permanente de antihistamínico. Padezco de migraña: estaba siempre a base de medicamentos analgésicos para poder controlar esta situación. Además, yo entré en la cárcel con 53 años y salí con 60: lógicamente toda esta humedad fue empeorando mi artrosis.

 

¿La atención médica ha sido satisfactoria?

Puedo decir que he tenido un tratamiento privilegiado respecto a los presos comunes, e incluso a otros presos políticos no catalogados como prisioneros de conciencia por Amnistía Internacional.

 

¿Cuál es tu evaluación de esta política del gobierno cubano de liberación de presos?

Sin dudas, el gobierno cubano se ha visto obligado a decidir estas excarcelaciones. Ha habido una cadena de sucesos que empezó con la muerte de Orlando Zapata Tamayo, la huelga de hambre heroica de Guillermo Fariñas, la lucha de las Damas de Blanco en las calles de La Habana, el apoyo de diferentes organizaciones internacionales, el apoyo del exilio, las presiones de algunos gobiernos democráticos de distintas áreas del mundo y la situación económica muy crítica. Todos estos elementos crean una situación favorable para que podamos ser excarcelados. Cuando ya se da una situación en la que existe el comienzo de un dialogo entre la Iglesia católica y el gobierno de Raúl Castro, el ministro de Asuntos Exteriores español Miguel Ángel Moratinos decide intervenir como observador del dialogo para facilitar la salida de los presos de la Primavera Negra de 2003, para que viajasen a España. Por lo que se refiere a los presos que decidieron no salir de Cuba, a pesar de las presiones del gobierno, tengo que decir que tienen toda mi admiración y mi respeto. Y es significativo que el régimen no los haya liberado antes de quienes hemos decidido emigrar. Cuando un preso tiene que emigrar de la forma que lo hemos hecho, que es directamente de la prisión al aeropuerto, hay que hacer una serie de trámites, chequeo médico, visado. Sin embargo, cuando hay que liberar un preso que se quiere quedar en Cuba, sólo hay que abrir la puerta. Hace siete años, ellos detuvieron en 72 horas a 75 hombres. Ahora, deciden liberar 52, y hay 10 que quieren quedarse. ¿Pueden? Yo siempre me he preguntado por qué el gobierno no los suelta, si es más fácil que soltar a los que van a emigrar. No se concibe que sigan encarcelados todavía todos aquellos que decidieron quedarse en la patria. Entonces, me temo que los tengan como rehenes para presionar a la Unión Europea cuando, en septiembre, se tenga que tomar una decisión sobre levantar o no la posición común contra el gobierno cubano.

 

¿Qué crees que haría falta para que la situación en Cuba cambie de una forma radical?

No hay una varita mágica en los cambios políticos, económicos y sociales. Hay una coincidencia de varios factores. Ha ocurrido así en todos los regimenes totalitarios de final de los Ochenta. La crisis económica, el desaliento hacia una política totalitaria que no satisface las necesidades humanas, el agotamiento y el desgaste de una desigualdad social, las presiones internas y externas: todos son factores que van sumándose. Yo no soy profeta, sencillamente periodista y poeta. Pero estamos viendo que existen circunstancias propicias para que lentamente se produzca un cambio. Esta palabra, cambio, la tienen en la mente todos los miembros de la sociedad cubana. No solamente la oposición, sino también sectores de la dirigencia, del gobierno. Lo único es que ellos quieren un cambio para salvar a un moribundo, y la oposición, la sociedad civil, quiere un cambio para que nazca la democracia.

 

¿Cuáles son tus planes para esta nueva etapa de tu vida, por primera vez tan lejos de tu país?

Todavía no tengo un estatus legal aclarado: se están haciendo en estos momento todos los trámites. Por tanto me gustaría saber lo antes posible cuales serían las circunstancias en las que mi familia y yo podremos permanecer en España. La lucha por la libertad de expresión, por la libertad de mis compañeros, no la voy a comenzar ahora: hemos empezado desde que aterrizamos en el aeropuerto de Madrid, y hemos seguido, y seguiremos siempre con el mismo discurso: que la libertad de todos los presos políticos es indispensable como paso previo para la democratización total de Cuba, que es –al fin y al cabo– lo único que garantiza que un hombre pueda ser libre.

 

(Entrevista realizada por ALESSANDRO OPPES, miembro de la junta directiva de RSF España)

      

  

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