ESPAÑA / CUBA | “La Primavera Negra fue una operación contra el Proyecto Varela”. Entrevista con Alfredo Felipe Fuentes, periodista cubano excarcelado

17.10.2010 21:47

 

  • “De los 75 que arrestaron, casi 50 eran personas que tenían peso dentro del Proyecto Varela”
  • “Cuando escuchaba emisoras de radio, como Radio Martí y otras, oía expresiones como 'derechos fundamentales' o 'derechos inalienables'. Quería profundizar esos temas”
  • “En el proceso –en el mío como en todos los demás– estaba prohibido hacer cualquier referencia al Proyecto Varela”

 

Un activista tenaz a quien la dureza de siete años y medio de cárcel no ha conseguido doblegar

 

Por Alessandro Oppes, Reporteros sin Fronteras-España

 

Alfredo Felipe Fuentes, uno de los disidentes de la Primavera Negra cubana recién liberados por el régimen de La Habana, acaba de llegar a Madrid y sus primeras palabras son de agradecimiento para aquellos que han hecho posible su excarcelación y la de sus compañeros: Las Damas de Blanco, la solidaridad internacional, el martirio de Orlando Zapata, “quien supo morir en rebeldía frente a la opresión”, y el “heroísmo de Guillermo Fariñas”. 

Con 61 años, y a pesar de los sufrimientos ocasionados por las difíciles condiciones de detención, Felipe prefiere pasar por alto la narración de los días transcurridos en tres prisiones, todas de máxima seguridad (Guamajal, en la provincia de Villa Clara; Kilo 5½, en Pinar del Río; y Guanajay, en La Habana) porque está convencido de que, al fin y al cabo, “son cosas muy personales”. Su discurso quiere centrarse sobre el significado político de la pesadilla que acaba de vivir. “¿La Primavera Negra? Fue, simple y llanamente, una operación dirigida contra el Proyecto Varela (proyecto legislativo de iniciativa popular presentado en el año 2001 con el objetivo de realizar un cambio democrático en Cuba, desde dentro de la Constitución), eso sí, disfrazada como una redada normal de disidentes”.

 

¿Por qué cree que “La Primavera Negra” fue una operación contra el Proyecto Varela?

Es muy sencillo. De los 75 que arrestaron, casi 50 eran personas que tenían peso dentro del Proyecto Varela. Aunque no todos estuvieran en el “núcleo duro”, quiero decir entre aquellos que –como yo– se encargaban de la recogida de firmas, la mayoría estaban involucrados de forma activa. Los 25 que faltan fueron arrestados para ocultar que era una operación contra el proyecto cívico nacional.

Pero en el momento en que se producen las detenciones, el Régimen ya había rechazado las firmas presentadas declarando su nulidad.

Eso poco importa porque, de hecho, el proyecto sigue abierto. Llegaron a decir que queríamos cambiar la Constitución, un absurdo. En realidad, una de las críticas que nos hacían desde la oposición era justamente ésa, que nuestra iniciativa se hacía a tenor de la Constitución. O sea que una tergiversación increíble.

¿Cómo llegó a cobrar protagonismo en la iniciativa lanzada por Oswaldo Payá?

En ese entonces, en 2001, yo llevaba ya diez años metido en la actividad, digamos, civilista. Sí, prefiero utilizar esta palabra, más que los términos usuales de oposición o disidencia.

¿Qué era lo que hacía concretamente?

Desde ’91 trabajo en la prensa. Vivía en Artemisa, 60 kilómetros de La Habana, que en Cuba es como si fueran 600. Allí fundamos un centro de derechos humanos. Cuando escuchaba emisoras de radio, como Radio Martí y otras, oía expresiones como “derechos fundamentales” o “derechos inalienables”. Quería profundizar esos temas, y pensé que podía haber mucha gente interesada en conocer más sobre estas cuestiones, tanto que decidí crear, dentro del centro, una cátedra de derechos humanos. Pero antes quería prepararme bien, leer libros, estudiar. Estuve años estudiando.

¿Cuales fueron sus fuentes?

Para conseguir los libros, me dirigí a la Asamblea del Poder Popular.

En Cuba eso suena a provocación…

Lo sé, pero tiene su explicación. Lo hice, para que quedara constancia, en virtud de la Ley 54 de 1985, la llamada Ley de Asociaciones, una norma que supuestamente permite a los cubanos asociarse libremente. En el celebre discurso “la historia me absolverá”, pronunciado durante el proceso por el asalto al cuartel Moncada, Fidel Castro decía: “todo el mundo podrá reunirse y asociarse”. Y ahora, a nosotros que luchamos por esos derechos, nos acusan de traidores. ¿Cómo congeniar esas palabras de Fidel con la situación que vivimos?, preguntaba yo en esa carta dirigida a la Asamblea del Poder Popular.

¿Recibió una respuesta?

No, no me contestaron nunca. Por eso me dirigí a la Embajada de España. Con los libros que me proporcionaron, empecé a prepararme. Dije: voy a cubrir este espacio, hace falta preparar observadores de los derechos humanos. Cuando di mis primeras clases, era el año 2001, justo cuando Oswaldo Payá lanzó la idea del Proyecto Varela, al que enseguida me sumé. Trabajando con un grupo de colectores, recogí alrededor de 1000 firmas: yo era quien las verificaba. Además, junto con cinco personas más, estaba en el Consejo nacional coordinador del Proyecto.

 

¿Cómo reaccionaron las autoridades?

Lo primero fue una amenaza suave. Me citó la fiscalía. Cuando llegué, en el despacho estaba presente también el jefe de la Seguridad del Estado del municipio. La fiscal dice: ya has recogido bastantes firmas. Y añade que todo lo que pedía el Proyecto Varela, el pueblo cubano lo tenía ya. Mira, le contesté, yo tengo aquí la Constitución: el artículo 88 dice que la iniciativa legislativa compete también a los ciudadanos, en cuanto recojan al menos 10.000 firmas. Y ella, textual: “A ustedes les ampara la Constitución”. Lo que hice yo fue contar el contenido de ese coloquio en Radio Martí, así que todo el mundo se pudo enterar de que un funcionario público nos decía que nos amparaba la Constitución.

Un desafío en plena regla a las autoridades.

Pues sí. Efectivamente, a los pocos días me cita el coronel jefe de la Seguridad del Estado de la unidad territorial (que reúne varios municipios). Y me habla muy claro. Quien manda aquí soy yo. Te estoy diciendo que aquí se acabaron las firmas. Y esas clases que estás dando los sábados en tu casa... Yo voy a poner una persona en cada esquina, y tú les tendrás que explicar a los familiares porque acabaron presos. Comuniqué a Oswaldo Payá lo que me había pasado. Él me dice: tú sigue, pero no lo desafíes. Seguí recogiendo firmas, y redacté inmediatamente una denuncia ante la Fiscalía. Conté que el jefe de la Seguridad del Estado me presionó en contra del artículo 88 de la Constitución. El Tribunal Supremo, si nos ajustamos a la ley, tenía que contestarme dentro de 90 días: en tres años no me contestaron.

Y tres años más tarde, usted estaba ya en la cárcel.

Ya, pero supuestamente no me arrestaron por eso. En el proceso –en el mío como en todos los demás– estaba prohibido hacer cualquier referencia al Proyecto Varela. La sentencia decía: “el acusado mantiene buenas y respetuosas relaciones con el resto de los ciudadanos y carece de precedentes penales”.

Pero…

Pero me condenaron a 26 años, a pesar de que el fiscal había pedido 15. “Tergiversó informaciones”, es la motivación. Algo que quiere decir todo y nada. Tergiversar, al fin y al cabo, es una palabra muy tergiversable.

      

  

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