CUBA | Un muerto y, ¿después?

24.02.2010 00:00

Orlando Zapata Tamayo tenía 42 años. Miembro del Directorio Democrático Cubano, una organización civil ilegal, fue arrestado en 2003 y condenado por “desorden público”. En protesta por las condiciones de su detención, estaba en huelga de hambre desde hacía 80 días; murió el 23 de febrero de 2010.

Orlando Zapata Tamayo fue encarcelado el mismo año que el “grupo de los 75”, número de disidentes, periodistas y activistas en favor de la democracia y de los derechos humanos arrestados en una ola de represión conocida como “Primavera negra”. Nuestro corresponsal, Ricardo González Alfonso, es uno de los 19 periodistas que aún en prisión, que fueron detenidos en esta época.

Un muerto. Y 200 prisioneros políticos. La voluntad de apertura de Raúl Castro al comienzo de la sucesión dinástica fue bien anunciada. Los acercamientos diplomáticos, la firma de dos pactos de la ONU sobre los derechos civiles y políticos, el levantamiento de las sanciones políticas de la Unión Europea, el retorno al diálogo con Washington tras la investidura de Barack Obama, los signos parecían prometedores tras años de política de aislamiento encarnada por un embargo absurdo, injusto para los cubanos, pero útil para el régimen.

Mientras que las autoridades de La Habana se movilizan al máximo por cinco de sus funcionarios detenidos en Estados Unidos, tras haberles olvidado durante nueve años, los prisioneros de la isla esperan… o mueren. Unos bajo el merecido título de “héroes”; otros, bajo el oprobio de “contrarrevolucionarios”. Así, una tiranía agonizante que precipita su caída sin honor. Primer y no único escándalo.

El otro escándalo es el silencio, de la complacencia. Más grave aún: aquellos mismos que combatían la dictadura en su país, no encuentran aparentemente nada a decir sobre lo que le pasa a Cuba desde hace 50 años. En Cancún, México, América Latina intentó establecer una organización interregional más allá de la tutela de Estados Unidos que tanto mal le ha hecho. Es afortunado y deseable, la democracia latinoamericana avanza en la búsqueda de una unidad, toma cuerpo en una verdadera alternancia electoral, la reconquista de recursos largo tiempo usurpados, pero también el examen de un pasado doloroso. En Argentina, Bolivia, Uruguay, incluso en Brasil, encontramos archivos de otras épocas dictatoriales. En dondequiera se condena el golpe de Estado en Honduras, su legalización por un sufragio dudoso, la represión desatada contra los periodistas de oposición y los defensores de los derechos humanos. Ahora, a este grupo de países latinos, Cuba se suma sin rendir cuentas. Peor aún, nadie se las reclama.

La democracia marca ciertas pautas, pero una curiosa excepción dispensa a Cuba de ellos. Lo dirigentes cubanos tomaron el poder por la fuerza, nunca fueron elegidos. Cierto, derrocaron una dictadura y dieron a luz una “revolución”. La palabra es un argumento y parece bastarse a sí misma. Por otra parte, América Latina, donde se celebran ahora revoluciones por las urnas y las libertades fundamentales se adquieren integralmente, la contradicción es evidente, pero el símbolo cubano impone no decir nada. Nada de los prisioneros políticos. Nada de la represión contra las opiniones disidentes o una información plural. Nada de las prohibiciones de salir del territorio.

Sindicalista y víctima de los militares en el pasado, el presidente brasileño Lula, ¿no tiene realmente nada que decir cuando un opositor cubano muere en prisión? Él podría. Debería. Pero en Cuba, tratándose de la “revolución”, se prohíben todas las injerencias y se autorizan todas las hipocresías. La liturgia del régimen hace el resto. Criticar el Estado cubano y su funcionamiento es insultar el país y se convierte en una maniobra emprendida por Estados Unidos. Denunciar la encarcelación Ricardo González Alfonso o la muerte de Orlando Zapata Tamayo, es defender a “un mercenario del imperio” que quería reescribir la historia de Bahía de Cochinos. Otorgar el prestigioso premio español Ortega y Gasset, a la bloguera cubana Yoani Sánchez, es urdir un complot motivado por la nostalgia colonial. Preguntar cuándo los cubanos podrán al fin elegir a sus dirigentes, es olvidar que Gran Bretaña y Suecia son monarquías. Irrisoria mala fe de un régimen que no puede más que insultar para defenderse o invertir el estigma para reivindicarse. Un régimen a veces atacado de mala manera y defendido por malas razones. Víctima de esos mismos que creían conjurar el fin. Como si el país debiera desaparecer al mismo tiempo que su actual Consejo de Estado. Sin embargo, la evidencia está allí. Habrá Cuba después de Castro, y habrá que contar con los disidentes de ayer. El país rendirá el homenaje que merece a Orlando Zapata Tamayo.

Jean-François Julliard, Secretario General de Reporteros sin Fronteras
Benoît Hervieu, despacho de las Américas de Reporteros sin Fronteras

      

  

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