Bielorrusia | Alexander Lukashenko, Presidente de la República

03.05.2011 00:00

 

 

Desde su llegada al poder, en 1994, ya poseía un preocupante currículo. Mas ahora Alexander Lukashenko pasó a una escala superior con la feroz represión de la protesta que siguió a su “reelección”, a finales de 2010. Una veintena de periodistas fueron arrestados, otros tantos fueron golpeados, al margen de las manifestaciones del 19 de diciembre de 2010.

 

Desde entonces, en Minsk, la capital, como en toda la región, los registros y las interpelaciones se han multiplicado y llueven condenas. Natalia Radzina, jefa de redacción del sitio de oposición Charter97.org, se vio obligada a huir del país. Irina Khalip, corresponsal del diario ruso independiente Novaïa Gazeta, salió de prisión a finales de enero, pero para ser puesta bajo arresto domiciliario. Las dos mujeres aún deben enfrentarse a la justicia por su participación en las manifestaciones, junto con todos los desafortunados candidatos a la presidencia y unas sesenta personalidades de la sociedad civil.

 

Al día de hoy, al menos dos periodistas, Yauhen Vaskovitch y Andreï Pachobut, siguen encarcelados. Contra este último, corresponsal de la publicación polaca Gazeta Wyborcza, el régimen bielorruso usó todas las estratagemas, desde la quitarle su acreditación, hasta prohibirle salir del territorio; al final fue condenado a cuatro años de prisión por “insulto” al presidente Alexander Lukashenko.

 

En resumen, los sorprendentes espacios de autonomía frente al poder que habían subsistido durante dos decenios pese a todo, se redujeron de forma progresiva y brutal. El Estado posee el monopolio de los medios de impresión y de distribución, lo que deja poco margen a cualquier deseo de los profesionales de la información de librarse del yugo que los oprime.

 

El jueguecito que consiste en otorgar acreditaciones de forma selectiva, obliga a numerosos medios de comunicación extranjeros y a sus corresponsales a trabajar de forma ilegal y los vuelve aún más vulnerables. Más que nunca, la única salida es la clandestinidad, paralizando a la sociedad bielorrusa en la época soviética del “samizdat”, nombre que se daba a la edición y difusión clandestinas de obras y artículos prohibidos.

 

Internet no podrá suplir esta ausencia de libertad: desde el año pasado, los visitantes de los cafés con Internet, así como los usuarios de conexiones compartidas, están perfectamente identificados y ubicados; mientras que los contenidos son sometidos a una autorización previa y vigilados por un “centro analítico” ligado directamente a la presidencia. A las puertas de la Unión Europea, la sociedad bielorrusa se encuentra controlada gracias a Alexander Lukashenko.

 

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